Autor: Rafael del Naranco
El sábado de esta semana se habrán cumplido ocho años del 11 de septiembre, día funesto en la reminiscencia de esta época, y todos, en cualquier parte, podemos decir: “ya no somos los mismos”.
Son tiempos infaustos los actuales. La brutalidad fanática, centrada en una religión o en una postura política extrema, parece la razón del pánico generalizado. Nunca como ahora la aprensión ha sido parte de nuestra forma cotidiana de vivir.
Si creyéramos en los dioses de la “Odisea”, diríamos que la causa de tanta perturbación está en nuestro destino, y Atenea - la deidad de ojos de lechuza - acusaría a la misma raza humana de ser culpable de su propio infortunio.
Igual a la recordada Oriana Fallaci, nos negamos a creer en una culpa colectiva: ésa va directa hacia los hipócritas que nunca ondean las banderas del arco iris para condenar al que hace la guerra “con los explosivos de los kamikazes o las bombas con mando a distancia atadas a los cuerpos de los fanáticos”.
La autora italiana contempló desde su apartamento en Manhattan la desintegración completa de los dos cubos que redujeron a polvo y ceniza a miles de personas, y expresó con dureza:
“Hay momentos en la vida en los que callar se convierte en culpa y hablar es una obligación. Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del que uno no se puede evadir”.
Cómo diría meses después el filosofo francés André Glucksmann, escritores como Voltaire, Dostoievski, Flaubert, Pushkin, Clausewitz o Chejov “develaron hace dos siglos este derrumbe de valores”, un cuadro forjado en la Zona Cero para ofrecernos una intensa visión de las brutalidades de este siglo XXI recién comenzado.
No es necesario llegar a esa cúspide. Hay un considerable gentío procedente del mundo árabe con suficiente coraje para hacer frente a la exacerbación. Aún así, o precisamente por ello, el Islam debería reverdecerse en algunos aspectos morales sin por ello apartarse de sus sacrosantos principios. Cambiar no es claudicar, es evolucionar.
Ha trascurrido el VIII año del ataque más feroz contra Estados Unidos, y al relente de tanta muerte y destrucción apocalíptica, sigue habiendo un largo hilo de Ariana envolviendo la sinrazón de tanta barbarie sobre mujeres y hombres inocentes.
Ningún pensador, filósofo, reportero, filólogo, cineasta, analista, psicólogo, novelista o ser común, dejó desde ese día de hacerse docenas de preguntas que aún hoy siguen sin respuestas, pues no las hay.
Se habló de venganza, de lucha entre civilizaciones, pero quien más se acercó a este momento crucial fue Ghandi. Él había dicho muchos años antes, cuando la India ardía en llamas de sangre: “Ojo por ojo, terminará por dejar ciego al mundo”.
El escritor lusitano José Saramago, ateo de oficio, se hacía una pregunta aterradora: ¿Dónde estaba Dios?
Quizás tal vez acongojado al trasluz de una estrella, al ser más fácil acusarlo a Él que a nosotros mismos.
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